Cuando regamos un cultivo, el agua no se comporta siempre de la misma manera. Su velocidad de infiltración, la dirección en la que se desplaza y el tiempo que permanece disponible para las raíces dependen, en gran medida, del tipo de suelo.
En algunos suelos, el agua desciende rápidamente y puede alejarse de la zona radicular. En otros, avanza con lentitud y se extiende más hacia los lados. Conocer estas diferencias permite ajustar mejor la frecuencia y la duración de los riegos, evitar pérdidas y mantener una humedad más estable alrededor de las raíces.
¿Qué determina el movimiento del agua en el suelo?
La textura del suelo viene definida por la proporción de arena, limo y arcilla que contiene. El tamaño de estas partículas determina, a su vez, el espacio que queda entre ellas.
Estos espacios, conocidos como poros, son los canales por los que circulan y se almacenan el agua y el aire:
- Los poros grandes facilitan una infiltración y un drenaje rápidos.
- Los poros pequeños retienen el agua con mayor fuerza y ralentizan su movimiento.
- Una combinación equilibrada de ambos favorece la infiltración, el almacenamiento y la disponibilidad de agua para el cultivo.
Además de la textura, la distribución del agua también está condicionada por la estructura y compactación del terreno, su contenido en materia orgánica, la humedad previa, la pendiente, el caudal aplicado y la duración del riego.
| 🟤 Tipo de suelo | 💧 ¿Cómo entra el agua? | 🫧 ¿Cuánta retiene? | 🌱 Forma del bulbo húmedo | ⚠️ ¿Qué debemos vigilar? |
|---|---|---|---|---|
| Arenoso | Rápidamente y hacia capas profundas | Baja | Estrecho y profundo | Pérdidas de agua y nutrientes por debajo de las raíces |
| Limoso | A una velocidad moderada | Moderada-alta | Relativamente uniforme | Compactación y formación de costras en la superficie |
| Arcilloso | Lentamente y con mayor expansión lateral | Alta, aunque no toda está disponible | Ancho y menos profundo | Encharcamiento, escorrentía y falta de oxígeno |
| Franco | De forma progresiva y equilibrada | Equilibrada | Proporcionado en anchura y profundidad | Cambios de comportamiento según la mezcla y estructura del suelo |
Estas características son orientativas. La estructura, la compactación, la materia orgánica, la humedad previa y el caudal de riego también influyen en el movimiento del agua.
Suelo arenoso: infiltración rápida y menor retención
Los suelos arenosos están formados por partículas grandes y presentan poros amplios. Por eso, el agua penetra y desciende con rapidez, impulsada principalmente por la gravedad.
En el riego por goteo, el bulbo húmedo suele ser más estrecho y profundo. El agua se desplaza más en sentido vertical que horizontal y, si se aplica demasiada de una vez, puede superar la profundidad de las raíces. Esto aumenta el riesgo de perder agua y arrastrar nutrientes hacia capas más profundas.
Además, estos suelos tienen poca capacidad para almacenar humedad, por lo que se secan con mayor rapidez.
¿Cómo conviene regarlos?
En terrenos arenosos suelen funcionar mejor los riegos más cortos y frecuentes. Así se mantiene la humedad en la zona radicular sin aplicar un volumen excesivo en cada riego.
También es importante vigilar la profundidad alcanzada por el agua y ajustar la separación entre goteros para evitar que queden zonas secas entre las plantas.
Suelo arcilloso: infiltración lenta y mayor expansión lateral
Los suelos arcillosos contienen partículas muy pequeñas y numerosos poros finos. El agua entra lentamente, pero se desplaza más hacia los lados debido a las fuerzas capilares. Como resultado, el bulbo húmedo suele ser más ancho y menos profundo que en un suelo arenoso.
Estos suelos pueden almacenar una cantidad elevada de agua, aunque parte de ella queda retenida con tanta fuerza que las raíces no pueden absorberla fácilmente. Por tanto, tener más agua en el suelo no significa necesariamente que toda esté disponible para el cultivo.
Si se aplica más agua de la que el terreno puede infiltrar, pueden aparecer encharcamientos, escorrentía superficial y falta de oxígeno alrededor de las raíces. Cuando un suelo arcilloso se compacta, estos problemas pueden agravarse.
¿Cómo conviene regarlos?
Lo recomendable es aplicar el agua a un ritmo que el suelo pueda absorber. Los riegos deben adaptarse para evitar la acumulación de agua en la superficie y permitir que la humedad se distribuya progresivamente.
En determinados casos, dividir el aporte de agua en varios ciclos con pausas intermedias puede facilitar la infiltración y reducir la escorrentía.
Suelo franco: una distribución más equilibrada
El suelo franco presenta una combinación proporcionada de arena, limo y arcilla. Esta mezcla permite que el agua se infiltre a una velocidad moderada y se distribuya tanto en profundidad como lateralmente.
Su bulbo húmedo suele tener una forma más equilibrada y, en general, ofrece una buena capacidad para almacenar agua disponible para las raíces sin dificultar excesivamente el drenaje.
Aun así, no existe un único tipo de suelo franco. Según predomine la arena, el limo o la arcilla, puede hablarse de franco arenoso, franco limoso o franco arcilloso, cada uno con un comportamiento diferente.
¿Cómo conviene regarlo?
Los suelos francos suelen admitir riegos moderados y más espaciados que los arenosos. Sin embargo, la programación debe ajustarse siempre a la profundidad de las raíces, al estado del cultivo y a las condiciones ambientales.
Suelo limoso: buena retención, pero estructura delicada
Los suelos limosos contienen partículas de tamaño intermedio. Suelen retener más agua que los arenosos y permiten una expansión relativamente uniforme de la humedad.
Sin embargo, pueden compactarse con facilidad y formar una costra superficial, especialmente tras lluvias intensas o riegos con gotas de gran impacto. Esta costra dificulta la entrada del agua y favorece que parte de ella se desplace por la superficie.
¿Cómo conviene regarlos?
Es importante aplicar el agua de forma suave y controlar el estado de la superficie. Mantener una buena estructura, evitar trabajar el terreno cuando está demasiado húmedo e incorporar materia orgánica puede favorecer la infiltración.

El agua retenida no siempre está disponible
Después de un riego abundante, parte del agua desciende por gravedad y otra parte queda almacenada en los poros del suelo. La cantidad que permanece una vez finalizado el drenaje se relaciona con la capacidad de campo.
A medida que el cultivo consume agua, las raíces necesitan realizar un esfuerzo cada vez mayor para extraerla. Si la humedad continúa descendiendo, se alcanza un punto en el que la planta ya no puede absorber suficiente agua, aunque el suelo todavía conserve una pequeña cantidad.
El agua realmente útil para el cultivo es la que se encuentra entre la capacidad de campo y el punto de marchitez permanente. Los suelos francos suelen proporcionar una buena reserva de agua disponible, mientras que los arenosos almacenan poca y los arcillosos retienen una parte con demasiada fuerza.
¿Por qué es importante conocer el bulbo húmedo?
En el riego localizado, el agua aplicada por cada gotero forma una zona húmeda alrededor del punto de emisión. Esta zona recibe el nombre de bulbo húmedo.
Su forma y tamaño permiten saber si:
- El agua alcanza la profundidad en la que se encuentran las raíces.
- Los bulbos de distintos goteros llegan a solaparse.
- Existen zonas secas dentro del área radicular.
- El riego está llegando a una profundidad excesiva.
- Se está acumulando demasiada humedad cerca de la superficie.
Dos parcelas que reciben la misma cantidad de agua pueden presentar distribuciones completamente diferentes. Incluso dentro de una misma finca pueden existir cambios de textura, capas compactadas o zonas con distinta profundidad que alteren el movimiento del agua.
Medir para adaptar el riego a cada suelo
La textura ofrece una primera orientación, pero no basta para conocer con precisión qué ocurre bajo la superficie. Observar únicamente la parte superior del terreno puede resultar engañoso: un suelo puede parecer seco mientras conserva humedad en profundidad o mantenerse húmedo arriba y no haber recibido suficiente agua en la zona radicular.
Los sensores de humedad y los tensiómetros permiten comprobar cómo evoluciona el agua a distintas profundidades. Esta información ayuda a identificar cuándo comienza a faltar humedad, comprobar hasta dónde llega cada riego y ajustar su duración y frecuencia según las necesidades reales del cultivo.
Cada suelo necesita una estrategia diferente
No existe una programación de riego válida para todos los terrenos. En un suelo arenoso, un riego largo puede provocar pérdidas en profundidad; en uno arcilloso, el mismo aporte puede generar encharcamiento o escorrentía. Incluso un suelo aparentemente equilibrado puede comportarse de forma distinta si está compactado o presenta capas con diferentes texturas.
Conocer el terreno, observar la respuesta del cultivo y medir la humedad en la zona radicular permite tomar decisiones más precisas. Porque regar mejor no consiste solo en aportar agua, sino en conseguir que llegue al lugar adecuado, en el momento oportuno y en la cantidad que el cultivo puede aprovechar.
Una estrategia de riego adaptada a tu suelo
IKOS convierte la información del suelo en decisiones concretas. A través del Controller y los sensores instalados a distintas profundidades, puedes visualizar cómo responde tu parcela después de cada riego y adaptar la programación a su comportamiento real.
Desde una única plataforma puedes comprobar la evolución de la humedad, ajustar la duración y la frecuencia de los riegos y mantener el agua disponible donde el cultivo puede aprovecharla. Porque cada suelo funciona de forma diferente y tu estrategia de riego también debería hacerlo.


